ANTIGONA RESUCITA EN UN VAQUERO
FICHA TÉCNICA
FICHA TÉCNICA
1. Año de realización: 1992
2. Director: Clint Eastwood
3. Guionista: David Webb Peoples
4. Actores: Clint Eastwood, Morgan Freeman, Richard Harris, Gene Hackman.
Acercándose como culebra, lo que hemos hecho a lo largo de nuestra vida se arrastra hasta encontrar al presente y determinarlo.
Ocupado de la granja, cuidando de animales e hijos, la antigua vida del sanguinario Will (Clint Estwood), aparentemente en nada se asemeja a la que lleva actualmente. De hecho, se jacta de la forma en que su difunta esposa logró alejarlo del alcohol y de esa extraña costumbre de asesinar personas.
Por más que uno intente alejarse del mundo a través de una puerta de hierro, el exterior y sus influencias entran y se hacen presentes. Un día lo llega a visitar un joven. Antes de presentarse, le dice: “No pareces ser el asesino más hijo de puta que haya existido del que tanto hablan”. Ahí está; años intentando enterrar y desconocer lo hecho, pero a la hora de los quiubos no puede hacerse el lindo. Sin embargo, nuestro ex-desalmado cree sinceramente que su cambio ha sido real y por lo mismo, le dice al jovencito que se vaya, que siga su camino, que nada de eso tiene que ver con lo que él es ahora. Pero la mecha ya se encendió; en pocas escenas más, luego de un par de tristes intentos por montar su caballo después de años de no hacerlo, emprende marcha con destino a casa de su antiguo compañero de fechorías, Ned (Morgan Freeman), dejando a sus hijos al amparo de la naturaleza.
Aparentemente, el hecho de que las personas a las que deben ajusticiar hayan acuchillado a una prostituta en la cara dejándola horriblemente marcada, teniendo que usar desde ese momento un velo para así no espantar a los clientes que solo buscan sana diversión, no le importa demasiado. Afirma que su única motivación es la obtención del vulgar dinero para ayudar a sus hijos. Un buen ñato de buenos sentimientos.
Mientras el trío de mercenarios se acerca a su objetivo, en el pueblo, un sheriff sádico como él solo (Gene Hackman), lleva a cabo una particular forma de aplicar la justicia. De tratos encantadores y envolventes, es con la misma simpatía con la que patea a sus víctimas en la cara a vista y paciencia del pueblo entero. Pero antes de eso lo habíamos visto martillar el techo de su casa; un tipo hogareño que prende la chimenea y ríe con el gato. Esta relativización aleja a los personajes de los estrechos caracteres de la telenovela y los acerca más a la realidad. Will es brutalmente golpeado por este señor, sin que exista para ello una justificación mayor que las ganas de hacer daño. Deja al vaquero de cara de pocos amigos en un estado tristemente deplorable, pero tranquilo. De algún modo siente que debe pagar por las atrocidades que hizo en el pasado y no demuestra ningún deseo de emprender venganza contra su victimario.
Después de haber realizado el trabajo, cuando Will y su compañero descansan merecidamente a la sombra de un árbol, (Ned se retiró un poco antes; no pudo soportar ver al primero de los ajusticiados agonizar frente a sus ojos) se enteran la suerte que ha corrido el colega ausente gracias a una muchacha que aprovecha de contarles que ya está lista la paga: al volver, fue capturado por el Sheriff y se ensañaron con él hasta matarlo.
La justicia es un constructo humano y como tal, presenta las características propias de lo humano. No tan distinto a cuando pedimos unos Malboro y nos dan unos Viceroy, el castigo que el Sheriff emprende sobre Ned es así; errático. Lo que llama la atención no es tanto el estado en que lo deja, sino que la aleccionadora sentencia que acompaña su espectáculo: ”Esto le pasa a los asesinos en este pueblo”. Para nosotros, que hemos visto a Ned vacilar con el dedo en el gatillo, abandonando todo intento de persistir en la hazaña, lo que vemos parece estar totalmente fuera de lugar.
Cuando Will se entera, el pasado se instala como realidad única. Pide la botella de Whiskey al muchacho: hace diez años que no lo probaba. Dicho evento marcará la vuelta explícita al personaje supuestamente enterrado. Antes había apretado el gatillo de una forma no muy distinta a cuando sacrifica sus chanchos en la granja; por necesidad. Pero ahora es distinto.
Cuando Will se entera, el pasado se instala como realidad única. Pide la botella de Whiskey al muchacho: hace diez años que no lo probaba. Dicho evento marcará la vuelta explícita al personaje supuestamente enterrado. Antes había apretado el gatillo de una forma no muy distinta a cuando sacrifica sus chanchos en la granja; por necesidad. Pero ahora es distinto.
Sentado sobre la montura, con el agua que moja su gorro, Will pareciera ser la encarnación del mal absoluto. Pero no lo es: es la justicia. No la de los tribunales y los recursos de amparo, sino que otra. Otra que tiene que ver cuando te pinchas el dedo con un alfiler e instintivamente lo mueves. Una justicia que no responde a nada más que al desprecio y a la rabia visceral y a las ganas de que alguien pague. Se sabe del sinsentido de dicha acción; los muertos solo en las películas pueden revivir. Pero no todo está regido por la razón totalitaria.
Es ver a la clásica Antígona vestida de vaquero: que importa el peligro inminente de ser enterrada viva, que importa el propio sufrimiento; su hermano debía ser enterrado. Su acción está más allá de la racionalidad, del “pensar antes de actuar”. Cuando Will entra al Burdel en donde se encuentra el Sherif con toda gente, no está pensando precisamente en lo que le pueda o no suceder. En que quizás si falla y lo agarran lo queman vivo. Nada, eso déjenlo para los que piensan y analizan. Déjenselo a los mesurados.
¿Cuál justicia es la que vale y porqué? ¿Merecía morir la gente contra la que Will jala el gatillo? La película no da una respuesta a ninguna de estas interrogantes, lo que se agradece, pero si abre el dilema en torno a la particular conducta humana del hombre civilizado de ajusticiar a otro.
POR: JUAN J. JORDÁN.